¿Por qué mienten las empresas?

Tenemos muy fresco el caso Bankia, en el que se ha mentido a los accionistas. La imputación del Consejo y del auditor, junto a la exoneración del supervisor –Banco de España- y CNMV, es cuando menos discutible como ya se comentó en un anterior post (10-5-2017).  El caso Bankia es uno más entre muchos. Empresas como Abengoa, Pescanova… se han hundido y podríamos citar un montón de corporaciones que han mantenido el engaño en sus cuentas durante muchos años. ¿Qué pasó si no en las cajas de ahorros? ¿Puede el mercado funcionar sin estar seguro de la fiabilidad de los números de las empresas? La respuesta es que sí, que puede funcionar, pero lo hace mal y con efectos nefastos al cabo de un tiempo.

Lo cierto es que para tomar decisiones de tipo financiero, como puede ser la compra de acciones, la solicitud de un préstamo o la evaluación de una inversión, es imprescindible tener toda la información financiera de las empresas. También hay muchas decisiones en materia de marketing, recursos humanos, tecnología o cualquier otra dimensión de la empresa en la que el conocimiento de la situación financiera es decisiva. Por todo ello, es básico que las cuentas sean fiables, ya que, si no, se pueden tomar decisiones erróneas por una mala evaluación de la situación en la que se encuentra la compañía.

Sin embargo, con demasiada frecuencia se producen problemas de fiabilidad contable. El maquillaje contable, por lo tanto, es un problema que preocupa, lo cual hace que aumente el interés por detectar engaños antes de que sea demasiado tarde. El catedrático Oriol Amat acaba de publicar  “Empresas que mienten” (Profit Ed. 2017), donde describe y analiza la naturaleza de los maquillajes contables y sus motivaciones y propone diversas técnicas para detectar estas prácticas.

La importancia del libro es que afronta un caso muy extendido. Demasiado. Diversos estudios internacionales –la mayoría realizados por empresas auditoras- muestran que entre el 10% y el 20% de las compañías cometen prácticas ilegales, un porcentaje que sube hasta el 50% si se suma lo qué Oriol Amat llama “contabilidad interesada”, aquella que sigue la legislación pero que no deja de ser un engaño.

En realidad, el engaño está generalizado y es independiente del tamaño de la empresa, si bien cambia la motivación, según el mismo. La empresa pequeña engaña para pagar menos impuestos o para conseguir que el banco le dé un préstamo, y a menudo lo justifica diciendo que la alternativa era cerrar. En el caso de la empresa media o grande, se intenta esconder un deterioro de las cuentas para evitar un impacto negativo en la cotización o la pérdida de los bonus para los directivos. Amat da mucha importancia a este punto. “La clave es ver qué parte del sueldo es variable, porque si estamos hablando de un 20% o un 30% no me preocupa, pero si la parte variable es tres veces la fija el tema cambia. Y también es importante saber sobre qué calculas el bonus, porque no es lo mismo si lo haces sobre la satisfacción del cliente que si lo haces sobre un beneficio inmediato”, comenta en una entrevista que hoy publica el Punt Avui.  “Lo que queda sólo al alcance de las grandes corporaciones es desviar dinero en los paraísos fiscales”, añade.

Desde su punto de vista, los fraudes se producen básicamente por una cuestión de motivación, ligada al deseo de la gente de más riqueza, en definitiva a los valores. “Y desde el 2008 no hemos mejorado en eso ni a tener una justicia más contundente, así que cuando vuelva a venir otra crisis volverán a salir a la luz fraudes. No hemos aprendido mucho”. Lamentable.