¿Merece la pena estudiar para encontrar trabajo?

Sí, desde luego que sí. Mil veces sí. Por eso hay que insistir en que los jóvenes perseveren, aunque como veremos sea lógico su desánimo. Pero veamos que ha pasado en estos últimos años. Desde que se inició la recuperación del empleo en España, en los inicios de 2014, se han creado hasta septiembre de 2016, más de 1,5 millones de puestos de trabajo, según la EPA. Si tenemos en cuenta que desde los inicios de la crisis hasta tocar fondo se perdieron 3,8 millones, significa que faltan todavía algo más de 2 millones para la recuperación. A pesar de ello supone un ritmo aceptable, aunque el nivel de actividad –en términos de PIB- haya alcanzado probablemente el nivel de precrisis en el pasado trimestre o en el presente. El desfase se debe en buena parte a que el sector de la construcción por sí solo destruyó 1,7 millones de empleos y ha recuperado apenas unos 175.000.

¿Y quién ha encontrado trabajo en estos dos últimos años?  Pues aunque pueda sorprender, 6 de cada 10 nuevos trabajadores tiene estudios superiores o formación profesional. ¿Eso quiere decir que tienen ventaja sobre el resto a la hora de optar a un empleo? Sí. ¿Y eso quiere decir que el puesto de trabajo sea acorde con sus estudios? No. ¿Quiere ello decir, pues, que en esta recuperación se agudiza el problema endémico de nuestro mercado laboral, que llamamos sobrecualificación? Sí. Según Eurostat, 3 de cada 10 empleados en España trabajan en un puesto inferior al que podrían aspirar según sus estudios. ¿Y los salarios? Pues, una pena, porque en este país nos hemos tomado tan en serio eso de la desinflación competitiva que somos capaces de cargarnos el poder adquisitivo de los trabajadores. Bueno, en realidad, aunque el Gobierno diga que no, ya lo hemos hecho.

Y, ¿a pesar de todo ello, me dices que debo estudiar? Sin duda alguna. Lo que sucede es que es necesario mirar qué carrera escogemos. Si con la vocación me llego a ganar bien la vida, perfecto. Pero no soñemos. Eso no va a ir por ahí. Hay carreras universitarias que son fábricas de parados o de frustrados. Hay que mirar de evitarlas, o si quieres, hazlas más adelante como “hobby”.  Hoy lo que mola son las STEM, acrónimo inglés  de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. Las empresas punteras van locas por esta gente. Dicen que no encuentran y están dispuestas a pagar lo que sea. ¿Sabías que el paro en ingenieros técnicos, por ejemplo, es de cero patatero? Y está la formación profesional, que afortunadamente parece que los padres ya no la ven tan mal para el futuro estatus social de la prole.

Y basta cosí. Lo único cierto es que con estudios quizás no basta, pero sin estudios el fracaso está más que asegurado.