Arantxa ha vuelto a casa… y Forbes se ha enterado

Acabo de leer en La Vanguardia, la historia de Arantxa Unda, la chica madrileña que encabeza la lista 30 under 30 (30 por debajo de 30 años) de Europa, en el campo de la ciencia y la salud, que elabora la revista Forbes. Esta madrileña de 29 años, ha merecido esta distinción -a la cual confiesa a la autora del reportaje, Amanda Aguilar aún no da crédito- por su proyecto e implicación en Sigesa, la empresa de software médico que fundó su padre en 1993 y que ella hoy dirige. Unda se especializó en finanzas y trabajó en banca de inversión, pero sintió que ese sector no le satisfacía y decidió pasarse al sanitario.

La historia de Arantxa me gusta porque durante años he tenido montones de discusiones sobre este tema con los becarios/as que pasaban por el diario con vocación de periodista y con un negocio en casa de sus padres. Viendo cómo está la profesión de periodista –digamos que no en su mejor momento histórico-  me gustaba “pincharles” para que me explicaran porque no se preparaban para seguir el negocio de los padres. La respuesta solía ser siempre la misma: la vocación. Estoy seguro de que de cada 10 respuestas una o dos eran ciertas, es decir, había vocación de verdad, las otras, en cambio escondían otros factores, que luego con el tiempo, me acababan explicando: no entenderse con el padre, aburrimiento producido por algo que habían vivido desde pequeños, pájaros en la cabeza, una profesión idealizada pero poco acorde con la realidad… y lo fundamental (y no siempre reconocido), tener asegurados los garbanzos cada día en la mesa.

Entiendo que a los ventipocos años es difícil hacer ver esto a un joven, pero me pregunto si en la familia se hace algo al respecto. O si se hace suficiente. Si hoy viviéramos una época fácil, donde colocarse en una empresa para desarrollar lo que a ti te gusta es pan comido, quizás podría entenderlo, pero viendo el entorno laboral, la verdad, me cuesta. Y no quiero decir que nadie deje de luchar por lo que le gusta vocacionalmente. Ni mucho menos, pero sí que debe saber ser flexible y ver cuál es el momento en que puede ser necesario cambiar el paso. Con un problema añadido, no hay tantos años para aceptar que te has equivocado y cambiar el rumbo. Arantxa sí lo hizo. Vio que se equivocaba y volvió a la empresa de su padre. Con una ventaja, que ella dominaba el mundo de las finanzas y con ello tenía mucho camino recorrido. En otras carreras, por supuesto, no ocurre lo mismo, por lo que el salto no es tan fácil.

Pienso que nadie que haya vivido el ambiente empresarial en su casa –no fue este mi caso- puede quedar indiferente. Muchos quieren huir de él -y ahí pienso que es donde la familia no hace lo suficiente para animarles- y los menos lo aceptan. Quizás porque no se acaba de explicar bien que en la vida lo importante es trabajar en lo que a uno le gusta… siempre que ello le permita llevar una existencia digna. A menudo nos quedamos solo con la primera parte de la oración y la segunda se deja para más adelante, contando, eso sí, que en el camino no nos va a faltar de nada.

¿Qué deberían hacer los padres empresarios para, sin coartar la independencia de decisión de los jóvenes, hacerles tener más interés por la continuidad? Me temo que esta es la pregunta del millón para miles y miles de padres con pymes que ven con tristeza el desinterés de sus hijos para con el esfuerzo acumulado durante años. Hace unas décadas la imagen del empresario estaba socialmente deteriorada y los hijos rechazaban la idea de ser un “explotador”. Eso era así en los años setenta, pero afortunadamente, las aguas han vuelto a su cauce y la percepción social ha cambiado. O sea, que por este lado el rechazo ya no viene. ¿Será quizás por el esfuerzo continuo que supone y los dolores de cabeza que conlleva? Es una posibilidad, si desde pequeños han visto de forma continuada quejas y problemas en el seno de la familia y no quieren pasar por lo mismo.

Lo cierto es que me ha preocupado siempre el porqué del desapego del hijo hacia la empresa de la familia. Pienso que algo ha fallado, insisto, salvo en los casos de vocación profesional muy definida, que los hay, por supuesto. Quizás nos deberían enseñar desde pequeños que equivocarse es humano y que no pasa nada si cambiamos el rumbo de la vida en un momento determinado. Hoy existen facilidades en forma de cursos en escuelas superiores que ayudan a conocer la empresa desde un punto de vista práctico y deben facilitar el paso hacia la vuelta a los orígenes. No se si voy equivocado con mi manera de pensar, pero creo que la sociedad no puede permitirse el lujo de tirar por la borda el trabajo acumulado durante muchos años, que ha acabado en éxito, ya sea por desidia o por capricho de la generación siguiente. Si en lugar de oir solo quejas durante las cenas de cada día, también se hablara de la importancia social del papel que se desempeña, ¿cambiaría alguna cosa? No lo se, pero es probable que algo, sí.

En definitiva, que me ha gustado lo de Arantxa y lo que ya están haciendo muchas Arantxas de las que no sabemos nada. Por ello, creo que estaría bien que supiéramos más de todas ellas. Me gusta leer qué hace la gente y como desarrolla sus ideas, como monta su start-up… o como decide volver a casa. A lo mejor, si leyéramos y oyéramos más historias de estas y menos de política, hasta habría más Arantxas. Y eso sí que estaría bien… para todos.