El turismo genera en Catalunya el 13% del empleo. ¿Es mucho o es poco?

 

El pasado jueves la Generalitat de Catalunya presentaba el balance anual del turismo correspondiente al año pasado. Los datos que se transcriben rezuman optimismo por todos lados, ya que se mantiene el crecimiento tanto en número como en gasto, mientras las expectativas para el presente año siguen siendo muy optimistas, mientras otros destinos habituales de nuestros visitantes sigan presentando un riesgo elevado por el terrorismo o por la situación política interna incierta.

Lo cierto es que durante el año 2016, han transitado por los aeropuertos catalanes 17,3 millones de pasajeros de vuelos internacionales, un 10,4% más que un año atrás. Las entradas crecen en ambas modalidades de compañías: el 65,7% de los desplazamientos ha sido en compañías de bajo coste y el 34,3% restante, en tradicionales.

Catalunya ha registrado nuevos récords con relación al turismo extranjero, tanto con respecto al flujo de turistas de primera destino como al gasto total. Se ha erigido en el primer destino del turismo extranjero a escala estatal, con el 23,8% de la afluencia (18 millones de turistas) y el 22,3% del desembolso del año (17.328 millones de euros). Las llegadas han aumentado un 4% y el gasto un 3,7% respecto de 2015. Los gastos medios ascienden a 963 euros por turista, un 0,3% menos que hace un año, y 161 euros por viaje y día, con un crecimiento del 12,8%.

El último trimestre de 2016, se estima que la población ocupada en el sector turístico catalán se eleva a 402.700 personas, un 6,6% más que un año antes (25.000 personas más) y supone casi el 13% del total del empleo. La tasa de asalariados del sector se sitúa en el 79,3%, inferior a la de la economía (83,4%), y la de temporalidad, en el 26,2%, superior a la del total (21,8%).

Bien, estos son los datos. A partir de ellos es necesario preguntarse dónde está el límite. Barcelona supone un factor de atracción de primera magnitud y una parte de la población de la ciudad empieza a protestar –con razón- de los inconvenientes de cifras tan elevadas, por las molestias que causan a la vida cotidiana –alrededores de Sagrada Familia, Ciutat Vella, alrededores del Park Güell…) y el encarecimiento de los alquileres, ante el chollo que suponen los llamados pisos turísticos que permiten una rentabilidad muy alta a los propietarios.

Estos son temas que deben encauzarse por el marco legal, naturalmente, pero es obligado preguntarse si este crecimiento va a seguir y hasta dónde es tolerable. Por lo que parece, en 2017 se van a superar estas cifras. Recordemos, que a nivel estatal, el turismo alcanzó en 2016 los 75 millones de visitantes y ello nos coloca muy cerca del primer país del mundo, Estados Unidos, con unos pocos millones más y por delante de Francia, castigada este año por el miedo al terrorismo.

Creo que hay dos aspectos a tener en cuenta. Uno es que eso no va a durar toda la vida. Los países que hoy nos “ceden” turistas recuperarán la normalidad en un tiempo y aquí va a venir menos personal. ¿Nos quejaremos también entonces? El segundo es que hay una parte del turismo que viene que no interesa en absoluto.

Solo un ejemplo. Veamos los cruceristas. Hoy por hoy,  el port de Barcelona mantiene el liderazgo en Europa con mayor número de cruceristas; y es que en 2016 registró un aumento del 5,6%, con 2.680.000 personas. Es bueno recordar que existen dos clases de cruceristas: los de base que representan el 52%. Son los que inician y finalizan su viaje en Barcelona. Suelen quedarse antes o después de su viaje para conocer la ciudad, gastando una media de 202 euros al día. Sin embargo, aquí también están incluidos los residentes de la localidad que no realizan ninguna actividad; los otros son cruceristas de escala que conforman el 48%. Estos bajan a la ciudad por unas cuatro horas, gastando una media de 53 euros al día. ¿Qué beneficio real suponen para la ciudad este casi millón y medio de turistas? Una miseria. Y no es el único segmento…