Acabo de leer el libro de Tom Slee, “Lo tuyo es mío” (Taurus, 2016) y me ha gustado su planteamiento directo. Su explicación de la deriva que ha tenido la idea colaborativa y el fraude en que se ha convertido, aprovechando las carencias y buena fe de la sociedad y las pocas manías de quienes están al frente de los grandes conglomerados que se están formando. Centra sendos capítulos en Airbnb y Uber, pero va mucho más allá. Quizás, después de todo, sea hoy sea un buen día para hablar de ello, ya que los taxis de Barcelona y otras ciudades de España hacen un paro contra Uber y Cabify.
El autor deja clara su motivación para escribir el libro. “Fue una sensación de traición, de que lo que empezó como una apelación a la comunidad, a los vínculos entre las personas, la sostenibilidad y la colaboración se ha convertido en un paraíso de multimillonarios, Wall Street e inversores de capital riesgo que han introducido aún más sus valores de libre mercado en nuestras vidas privadas”.
Denuncia que con engañosas palabras se está propiciando una forma de capitalismo más rigurosa a base de desregulación y un nuevo mundo de empleo precario. “Se habla mucho de democratización y redes de trabajo, pero lo que se ha producido es una separación del riesgo (repartido entre los proveedores y los clientes) y la recompensa, que acaba en manos de los dueños de las plataformas”, apunta.
A Airbnb, por ejemplo, la acusa de que “su compromiso con las ciudades y las comunidades se interrumpe en cuanto supone un incoveniente para su cuenta bancaria”. En Barcelona nos afecta de lleno. “Aunque la compañía está dispuesta a hacer ciertas concesiones a los ayuntamientos, como el cobro de tasas turísticas, a lo que se niega en redondo es a compartir su lista de anfitriones con ellos”. Es una forma de promocionar la economía sumergida y hacer la competencia, no a los hoteles de lujo, sino los independientes. En el fondo se está creando una nueva cultura de defraudadores.
También es falso que se aprovechen solo los particulares al compartir casa. En las grandes ciudades, el 70 u 80% del negocio se realiza con personas que disponen de varios pisos. El daño que se hace es evidente, ya no solo por la competencia, sino por el encarecimiento del alquiler que supone en las zonas y el interés creciente de los propietarios en deshauciar a los inquilinos en cuanto acaben contrato para reconvertir su piso, ya que las ganancias son muy superiores.
Afirma que “las compañías de éxito en la economía colaborativa (habla de Airbnb y Uber) eluden el gasto de garantizar la seguridad y hacen todo lo posible para evitar las normativas municipales”. Asimismo eluden tener que pagar sueldos, ya que no tienen trabajadores, sino proveedores, aunque en su jerga sean “trabajadores independientes”, autónomos dependientes –con precariedad absoluta- que han de correr con todos los gastos y estar al albur de que no les quiten de las listas de la plataforma.
Dice que “parece inverosímil que una compañía como Uber, que ahora está haciendo la prueba de quedarse con un 30% de loa tarifa de cada trayecto y que incluye una tarifa de seguridad en el precio, no tenga ninguna responsabilidad de cara al cliente si las cosas van mal en este trayecto”.
Habla de sectores en los que ya están creciendo estas compañías como los de las comidas sociales (en familia) o las de limpieza, de “intercambio” de favores. Hay muchas cosas viejas, de la sociedad no tecnológica, que se hacían de forma solidaria, que ahora se venden como tecnológicas. Cuando lo único tecnológico es la plataforma de contacto…
El libro acaba con este párrafo dedicado a la tecnología. “Lo que hace falta es un poco de modestia por parte de quienes se identifican con las nuevas tecnologías. No se trata de que la tecnología sea buena o mala, sino de que no es una respuesta a complejas cuestiones sociales. Si los tecnólogos están dispuestos a aceptar que la tecnología puede desempeñar un papel útil pero secundario en los movimientos sociales, es posible que lleguemos a alguna parte. Pero la ingenuidad de directores generales de 26 años, el orgullo desmesurado de sus asesores de inversión de capital riesgo y la estrechez de miras de los hacktivistas, no permite augurar nada bueno…”
En definitiva, un libro recomendable, bien argumentado y riguroso que desenmascara la “otra cara de la luna” de unas empresas de las que se habla mucho y no se conoce prácticamente nada.




