El negocio sin riesgo ni responsabilidad que hace Airbnb, ¿es éticamente lícito ?

 

Nos han contado maravillas de la economía colaborativa. Los pisos alquilados es quizás la más llamativa. Una habitación que no usas y quieras compartir, ganar dinero con una algo propio que no usas al 100% y luego vestirlo con una retahíla de argumentos que siempre van en dos direcciones: la sostenibilidad y el imparable avance de la tecnología; no poner puertas al campo, se dice.

Bajo este paraguas argumental y difícilmente refutable, en la teoría, nacen empresas y subempresas que rompen absolutamente con lo que hasta parecía ser un axioma en la ética del mundo capitalista: el beneficio es justificable solamente si para obtenerlo alguien se juega el capital y lo pone en riesgo. Aquí está la madre del cordero.

Airbnb, como otras empresas “colaborativas” se pueden desarrollar gracias a la tecnología que tenemos hoy. ¿Cuál es su riesgo? ¿qué capital  aportan? Muy sencillo, el mínimo. Simplemente son una plataforma en la que miles y miles de gente que les dice tener piso para alquilar en cientos de ciudades y miles y miles de personas que quieren conocer estas ciudades, a través, claro de una línea aérea low cost. Riesgo cero, simplemente comisión y punto. Responsabilidad cero, ya que no son ellos quienes han de hacer de policías para saber quién alquila el piso. Un tratamiento mediático muy favorable. Invitando a cientos de periodistas de todo el mundo a su sede para que luego expliquen las maravillas de lo que han visto en sus medios… y se va cerrando círculo.

Quien quiere viajar lo hace de una forma más cómoda, el que alquila gana una pasta inimaginable comparada con la de un inquilino normal y ellos a cobrar su comisión. Sin arriesgar dinero ni responsabilidad sobre la posible ilegalidad en que incurren los que alquilan. “No es nuestro problema”.

Al amparo de negocios colaborativos como este surgen subnegocios como el de alquilar pisos como inquilinos normales y luego realquilarlos a través de Airbnb. Grupos organizados que buscan testaferros que pongan su cara y su carnet porque no interesa que aparezcan muchos pisos bajo un mismo nombre. Cuatro está bien y es el tope. Y ya está. Alquilo el piso con contrato a 900 euros al mes y le saco unos 3.000 realquilándolo por Airbnb. Aquí ya hacen negocio Airbnb y el grupo de piratas que ha nacido a través de él. Quien no lo hace es el ciudadano que necesita el  piso para vivir y se encuentra con que cada vez hay menos y más caros.

Sí, es el caso de la señora Pérez de Barcelona que ha destapado La Vanguardia, que ha tenido que “ocupar” su piso realquilándolo a través de Airbnb y cambiando el cerrojo. Ahora ha saltado en la prensa y hay muchas llamadas de “a mi también me pasa” que acabarán por convertirse en un escándalo. Todo este desaguisado llega por tres razones. Una, la manga ancha de Airbnb, digan lo que digan ellos, sobre los productos que circulan a través de su plataforma. Dos, la manifiesta incompetencia de los ayuntamientos, en este caso el de Barcelona, que prefiere invertir su tiempo no dejando que proliferen más hoteles –de lujo sobre todo- y ha hacho la vista gorda hasta ahora con estos casos, que todo sea dicho de paso, se conocen desde hace mucho tiempo e incluso se han publicado anteriormente en otros medios. Y, tres, la buena fe de los usuarios, que no son conscientes de ser agentes necesarios para este tipo de negocio y que ayudan a hacer inhabitables las ciudades, en este caso Barcelona.

El caso es gravísimo, por la inercia de las autoridades, porque es un negocio “progre”, -va contra el lujo de los ricos- pero sobre todo, porque se permite ganar dinero sin exponer nada. Y eso ni en la nueva economía ni en la vieja ni en ninguna parte debería tolerarse. En este caso concreto, toda la responsabilidad es de Airbnb, que por lo menos gaste parte del dinero que gana en ver con quien hace negocios y que bien hace a la ciudadanía. Pero claro, aquí se definirá como de la vieja economía. «Yo estoy aquí para hacer negocio, oiga…»