¿Tienes la sensación de trabajar rodeado de incompetentes?

 

Una de las palabras que más leemos hace años en los diarios es que fulano o mengano son unos incompetentes. La incompetencia se ha alzado como uno de los males de nuestra sociedad, quizás acompañada de la mediocridad, de la cual es pariente cercana. En política, no digamos, y en la empresa, las quejas son habituales entre los empleados al referirse a sus jefes y también entre los jefes al hablar de sus empleados. Es la palabra que NO debería estar de moda y lo está. La incompetencia de ha adueñado de todo. Vivimos rodeados de incompetentes, ¡qué sensación más desagradable!

Pero, cuidadito, ¿recuerdas aquello que nos enseñaban de pequeños de ver la paja en ojo ajeno y no la viga en el nuestro? Pues no vayamos a caer en la trampa. Mira, cuantas veces no habrás pensado en una reunión de trabajo: ¡Dios mío, que cantidad de incompetentes tengo a mi lado! Es tu juicio desde tu propia perspectiva. Pero puede que alguno de ellos te mire y esté pensando lo mismo de tí. Es su perspectiva. Cuidado, pues, con los juicios sobre la incompetencia, porque estamos en un terreno muy resbaladizo. En el fondo todos tenemos nuestra parcela de incompetencia. Cuesta reconocerlo, sí. Por ello es necesario hacer un acto de humildad, reconocerla y trabajar para mejora, aunque no es algo que guste hacer, ni, por supuesto, que se ponga demasiado en práctica.

Recuerdo que hace unos años leí un libro sobre esto que me gustó y le dediqué un artículo. Se llamaba Gestión de incompetentes (Libros de Cabecera, 2010), en el que su autor, Gabriel Ginebra, presentaba el repertorio de las diez incompetencias que consideraba fundamentales, ordenadas desde la más leve (irrelevante) a la más grave (incapacidad). El espíritu que lo impregnaba, ante todo, era el de no descartar apresuradamente a nadie. Iba destinado a directivos de empresa y cómo actuar ante los empleados incompetentes. “Al último estadio, que coincide con el del descarte, no debería llegar más del 15% de los presuntos incompetentes. En cada caso planteaba un título caricaturesco que responde a una clasificación analítica (no puede, no sabe, no quiere…). Veamos cuales son y si alguno es extrapolable, eso ya queda a tu juicio!

1. Peccata minuta. “Diagnosticamos nimiedad (incompetencia irrelevante) con los problemas que más vale dejar correr por alguna razón. Ante la peccata minuta, la acción más eficaz es olvidar, pasar por alto el incidente”. 

2. El despistado feliz. “Podemos tener un empleado que trabaja mal, que no es consciente de ello y que vive feliz. Su problema está en su zona ciega, no lo ve. En ese caso la acción directiva pertinente es advertirle de la existencia del problema”. 

3. El hiperactivo miope. “Puede que el empleado intuya que la cosa no marcha y que no entienda lo qué está haciendo mal. No sabe dónde se equivoca exactamente y cómo reaccionar. Lo correcto en este caso es explicar”. 

4. El teórico. “Algunos entienden bien en qué consiste el trabajo, pero no saben cómo hacerlo. Es la tendencia academicista que algunos directivos no pueden o no saben quitarse de encima. En ese caso, la acción directiva eficaz es dar ideas y ayudar a concretar”. 

5. El torpe. “A veces confundimos el saber cómo hacer con el saber hacer. Nuestro entorno empresarial está poblado de expertos que adoctrinan sobre cómo deben trabajar los demás, aunque ellos no lo saben hacer. Para saber hacer, es imprescindible practicar”. 

6. El asfixiado. “Más empleados de los que reconocemos no cumplen porque no tienen suficiente tiempo, medios o apoyos. Si encontramos empleados asfixiados, superados por las circunstancias, la solución es conseguir recursos”. 

7. El caradura y el bobo. “Hay empleados que entienden, pueden y saben trabajar bien, pero no les compensa hacerlo. No sacan nada positivo por actuar bien, ni pasaría nada malo si actuaran mal. Contra los caraduras hay que retirar las consecuencias positivas de trabajar mal. Hay bobos que salen perjudicados por trabajar bien. Les pasan más trabajo y pueden equivocarse más. Hay que eliminar las consecuencias negativas de trabajar bien”. 

8. El distraído. “La falta de rendimiento laboral puede proceder de razones extralaborales. Cuando un trabajador está lastrado por este tipo de problemas personales la solución es apoyar o esperar”. 

9. El deprimido y el pasota. “Hay que distinguir dos tipos de desmotivados: los que no quieren, pero pueden y saben (pasotas y rebotados), y los abatidos, que piensan que no pueden ni saben. A los primeros hay que exigirles, mientras que a los segundos, toca animarles”. 

10. El incapaz. “Llegamos al final del repertorio y hemos agotado las hipótesis disculpatorias y seguimos sin encontrar una explicación convincente de lo que le pasa a nuestro personaje. Llega el momento de pensar que a esta persona le falta capacidad para el puesto. La decisión eficaz será eliminarle o reubicarle”.