El vacío dejado por las cajas y un pastel catalán de 220.000 millones

 

«Nos estamos encontrando en la Comunidad Valenciana y en Catalunya muchos empresarios que nos explican que echan de menos el modelo de trato comercial de las antiguas cajas de ahorros. Nos ha llegado de muchas formas ese mensaje, y creemos que podemos aprovechar ese vacío que se ha generado», dijo ayer en Barcelona, Víctor Iglesias, consejero delegado de Ibercaja en la presentación del programa de expansión de la entidad financiera aragonesa en Catalunya de tres años, hasta el 2020. Aquí no hay política que valga. ¿Riesgos?, los justos. Saben que en Catalunya, antes de la reforma financiera había 10 cajas de ahorros y hoy queda una, en forma de banco. Y ciertamente, muchos clientes echan de menos el trato que se recibía, más personal.

En Catalunya está en juego un pastel de 220.000 millones de euros en créditos y otro de 180.000 millones en depósitos que es el segundo de España (Madrid come aparte) y dobla al tercero que está en Valencia. Cierto que es mucho menor que el que había antes de la crisis –ha bajado algo más del 35%-, pero también es menos tóxico.  Mientras, ha habido una limpieza de entidades, de oficinas y personal. Catalunya es la comunidad que más oficinas ha cerrado desde que empezó la crisis –casi la mitad- en términos porcentuales, más incluso de lo que ha bajado el pastel. Con las compras y las fusiones el número de entidades que se lo reparten hoy es irrisorio, comparado con el que había antes de la crisis.

Por ello, cuando oigo que alguien se quiere ir, me produce una sonrisa. ¿La sede? Mirad, es posible, pero ¡jamás el negocio! ¿Y si van ligados lo uno y lo otro? Ya lo habrán pensado, pero aquí están en juego factores contrapuestos en los que la racionalidad del público no es el punto de anclaje y ninguna entidad puede –ni quiere- exponerse a una retirada de depósitos. Más lógico me parece el planteamiento de los aragoneses de Ibercaja, que ven en Catalunya un coto de caza con un gran potencial de piezas por cobrar. El adelgazamiento del número de entidades que actúan, el paralelo de la red, el trato más industrial recibido en las oficinas bancarias  -empeñadas en echar al cliente fuera del recinto- y el crecimiento de la actividad económica son factores que bien aprovechados siguen haciendo de Catalunya un más que interesante mercado.