Acabo de leer la Contra de La Vanguardia de hoy. Y la verdad es que me he puesto de mal humor. Siento que el personaje entrevistado, Thibaud Simphal, director general de Uber Europa –del que ya había leído otras declaraciones en medios franceses- me cuenta una historia muy vieja, pero me la vende como hoy está mandado, es decir, envuelta en celofán de modernidad tecnológica, dando una fórmula para resolver parte de los problemas que más sufre la sociedad, como el paro, la contaminación… y bajo el paraguas de la sacrosanta economía colaborativa. Que han nacido para hacer el bien a la sociedad, vamos. Fijaos en la argumentación que plantea Simphal y que transcribo de la entrevista. Dice, “la cuestión es ¿qué quiere la gente? ¿Quiere más empleo y un transporte más ecológico, compartido y más barato como el que podríamos darles nosotros? ¿Quieren los jóvenes poder trabajar unas horas? ¿Quieren los parados poder salir del paro conduciendo?”
¿Quién se atrevería a contestar NO a cualquiera de sus preguntas? Indudablemente todos queremos eso. Pero no es tan sencillo. Os invito a entrar en Google y ver declaraciones de personas que han trabajado o están trabajando con Uber (hace tiempo que sigo el tema en Francia) y veréis que no es ningún chollo. En realidad, lo que hace Uber es poner en contacto mediante una app a alguien que precisa desplazarse y alguien que tiene un coche dispuesto a llevarle. La plataforma decide a qué coche envía al cliente que lo solicita. De entrada, por ejemplo, si la persona ha hecho declaraciones en la prensa, ha protestafdo o si algún cliente le puntúa bajo, tiene difícil que le vuelvan a llamar, sin aviso previo, claro. Este es el gran miedo de los chóferes de Uber. Su dependencia, sin tener claros los motivos de un corte en la relación. «No me llaman, no habrá clientes o habrán prescindido de mi?». Zozobra ligada a la precariedad. Pero para Uber está muy claro. La responsabilidad, el coche, la gasolina, el seguro… todo es del chófer. Uber por el servicio que ofrece al chófer le cobra (desde diciembre en París) un 25% de comisión, amén de rebajar tarifas para ser competitivo cuando crea oportuno, lo que reduce sensiblemente las ganancias de los chóferes y les obliga a trabajar más horas y a no protestar para que se las den. Será quizás esto el futuro del trabajo que nos espera, pero a mi no me gusta en absoluto, ya que es una forma que alguien ha tildado de semiesclavitud, sin otra forma de protestar que salirse del tinglado, lo que no es fácil cuando te has comprado a crédito el coche para trabajar en la plataforma de Uber. Y eso, de veras, de novedad tiene muy poco. Bueno, sí, la app. Pero el resto parece más bien de la época del capitalismo más primitivo.
La estrategia de crecimiento de Uber pasa por ser eficiente y, sobre todo, por adueñarse de los mercados. No es una app tan difícil de copiar –según afirman muchos técnicos- y pueden salir otros competidores, por ello han de ser agresivos y hacerse con los mercados rápidamente para desanimar a la posible competencia. Solo así se entiende que desde que fue fundada en San Francisco en 2009 lleve 5.000 millones de pérdidas acumuladas o que las pérdidas globales de 2016 sean más de la mitad de su cifra de negocios. Es una jugada a medio plazo. Un modelo que se acabará imponiendo, según aseguran en Uber, aunque no todo el mundo lo ve tan claro. De momento, hay inversores que han colocado 15.000 millones de dólares, que se están gastando en la captación de mercado, a base de publicidad y “dumping” en los precios de su servicio. Y mucho deben creer en el modelo, cuando se le da un valor de capitalización (no está en bolsa) de unos 68.000 millones de dólares (más que General Motors, para entendernos), sin haber ganado nunca un solo dólar. Estamos, pues, ante una cotización que no está en función de una realidad, sino en la confianza puesta en su modelo económico. Su patrimonio es intangible y volátil: su marca, su app y sus partes de mercado.
Volviendo a las frases publicitarias de Simphal en la entrevista comentada no está tan claro que los chóferes se ganen bien la vida con este trabajo. Las entrevistas que he leído en Francia, hablan de ganancias mensuales de unos 1.700 -1.800 euros trabajando entre 60 y 70 horas semanales. Pero es un “boom”, quien lo duda, que incluso ha creado su propia palabra “uberizar”, aunque el concepto en sí no esté demasiado claro. Por cierto, no se explica en la entrevista que la filial francesa que sí gana algo de dinero, coloca sus beneficios en Holanda, por aquello de la optimización fiscal. La guinda, vamos.




