La compra del Popular por el Santander supone, entro otras muchas cosas, un paso más en la reducción de la competencia en el sector. Actualmente, 17 entidades conforman el grueso del mapa bancario español y ellas son el resultado de los procesos de consolidación de hasta 60 entre bancos y cajas. Ello se ha acompañado con una reducción drástica del número de oficinas y de empleados (el número de oficinas de entidades de depósito ha disminuido un 37%, y el de empleados, un 30%, con respecto a sus máximos en 2008). Los efectos de esta tendencia van más allá del propio sistema y afectan los clientes particulares y, sobre todo, a las pymes.
Por ello, lo de las 17 entidades puede ser un eufemismo si vemos el grado de concentración al que se ha llegado tras la última fusión. En recursos de clientes y concesión de créditos, prácticamente la mitad del negocio (entre el 48 y el 49%) está en manos de tres entidades: Santander, Caixabank y BBVA. Y si nos centramos en el mundo de las pymes, en el que dominaba el Popular, la cosa queda en que entre el Santander y Caixabank se llevan el 37,5% de cuota de mercado.
En este proceso de concentración –que dicen que va a seguir- hay dos consideraciones a hacer que creo interesantes.
La primera es cuestión de memoria. Recuerdo cuando la caída de Lehman Brothers la campaña que todas las instituciones internacionales hicieron demonizando las grandes entidades. “Too big to fail” (demasiado grande para quebrar) fue la frase escogida para tratar de reducir el número de entidades sistémicas (las que pueden hacer caer como fichas de dominó a otras y amenazar el sistema). Al cabo de los años, no solo se han reducido estas entidades, ni siquiera en Estados Unidos, dónde surgió la idea, sino que su peso en el total del sistema de cada país ha aumentado. Es más, el FMI hace ahora proclamas sobre la importancia del tamaño de los bancos, en el sentido de que mejor que sean grandes. Quizás lo dice por los miles que hay en Alemania, que solo en ese país saben cómo están, ya que no dejan asomar la nariz a ninguna institución de control extranjera, pero el caso es que hay un cambio de parecer, sin que nada haya cambiado en el fondo de la situación. O por Italia, donde hay un verdadero caos… Incluso Trump se propone desregularizar lo que Obama trató de regularizar…
En España, es dónde más deberes se han hecho en este sentido –probablemente porque las entidades no estaban tan bien como nos decían en 2008- y el sistema ha quedado reducido de forma muy significativa, con entidades de mayor tamaño.
Y la segunda consideración atañe al cliente. Antes, una pyme de Terrassa, por ejemplo, tenía 15 o 20 entidades con las que trabajar en su población. Hoy el número se ha reducido drásticamente a 3 o 4. Ello significa que en su actividad diaria no podrá ejercer la regla de oro para la financiación de toda pyme: no poner todos los huevos en el mismo cesto, ya que alguno puede fallar y siempre se deben tener otros a dónde acudir. Antes era relativamente fácil, ahora sencillamente, no. En la crisis hemos vivido situaciones dramáticas. Decenas de miles de pymes han desaparecido durante estos años porque las entidades con las que trabajaban habitualmente les recortaron la financiación. Algunas pudieron aprovechar el salvavidas de trabajar con otra entidad. Esta posibilidad es la que ahora se está esfumando. Un riesgo más.




