No vale confundir lo que recauda Madrid con lo que tributan los madrileños… ni tampoco comparar solidaridades

 

Los diarios españoles de ayer decían –aquí cito el País, que titulaba con la primera frase- que “Cataluña aporta a la solidaridad regional la mitad que la Comunidad de Madrid. Es una de las principales conclusiones que se desprenden del cálculo de las balanzas fiscales correspondientes al ejercicio fiscal 2014 publicado el pasado jueves por el Ministerio de Hacienda”.

Y continuaba. “Las cifras difundidas por Hacienda a partir del trabajo realizado por Ángel de la Fuente, director de Fedea y uno de los expertos para la reforma de la financiación autonómica, muestran la diferencia entre lo que los residentes de una comunidad aportan y lo que reciben del Estado. Los datos reflejan que solo cuatro comunidades autónomas aportan al Estado más de lo que perciben. Madrid presenta un déficit fiscal de 19.205 millones de euros, equivalente al 9,82% del PIB. Cataluña registra un saldo negativo de 9.892 millones, que se corresponde con el 5,02% del PIB”. Las otras CCAA son la valenciana y Baleares con cifras menores.

No voy a entrar a discutir el cálculo de las balanzas fiscales y cómo se realiza. Si os interesa el tema podéis leer multitud de artículos que encontraréis en Google del profesor Xavier Sala i Martin.

Aquí me interesa, simplemente diferenciar lo que es Madrid de los madrileños. El diario sigue…Las cifras muestran que los madrileños aportan 16.369 millones de euros más que la media y a cambio reciben un gasto de 2.836 millones inferior a la media. La suma de ambos desequilibrios es el déficit fiscal de 19.205 millones. El hecho de que Madrid aporte mucho más que el resto tiene que ver con el mayor nivel de renta de sus habitantes”. Es decir, son los más solidarios…

Aquí es cuando hemos de parar el carro. Porque lo que se dice es simplemente falso. Se confunde Madrid con los madrileños y hay mucha diferencia entre uno y otros.

Estos datos ponen el acento en Madrid, no en los madrileños, al tomar la recaudación en las oficinas de la Agencia Estatal de la Administración Tributaria, la AEAT. Y cuando se analiza esa recaudación no se tiene en cuenta, por ejemplo,  el efecto producido por la concentración de empresas con domicilio fiscal en la Comunidad de Madrid. Es decir, los ingresos se consiguen en determinados territorios, pero la recaudación se realiza en oficinas de la AEAT de la comunidad. ¿Son, por tanto, generados en Madrid? No, no lo son, o no en su totalidad. NI TAMPOCO LOS PAGAN LOS MADRILEÑOS. Es el caso de empresas como El Corte Inglés, Telefónica, o Repsol, por citar tres…

Solo quiero dar unos datos sin comentarios, para que juzguéis vosotros mismos. Siguiendo con los datos de Hacienda que da la prensa este jueves se deduce que la participación de Madrid en el total de tributación de España es el 50% y en Cataluña, 19%; en IRPF, 40% y 20%; en Sociedades, 42% y 23%; en IVA, 50% y 25% y en Impuestos especiales, 84% (90% en hidrocarburos y 90% en tabaco) y 7%.

Estas cifras figuran como tributación realizada en Madrid y, por extensión, por los madrileños. ¿Veis como no tiene nada que ver lo uno con lo otro? Como si el 90% de toda la gasolina de España se gastara en Madrid y se fumaran el 90% de los cigarros…

En contraposición a estos datos tributarios (que son del 2014, para igualarlos a los que presentó Hacienda el jueves), solo me limitaré a citar una serie de datos reales comparados entre Madrid y Cataluña.

El PIB generado en una y otra comunidad es del 19% del total de  España, en cada una. En Cataluña están el 18% de empresas y en Madrid, el 15%; en ocupados, los porcentajes son del 17% en Cataluña y del 15% en Madrid. Son cifras de la economía real que se apartan de las tributarias por razones varias, entre ellas la mencionada. No voy a añadir más. Simplemente, que no vale hacer trampas y hablar de solidaridad comparada. Por ello, decía que una cosa es la recaudación de Madrid y otra lo que pagan los madrileños.

¡O creamos más valor… o tiramos la toalla!

Sí, me ha gustado mucho la entrevista que hoy le hace en la contra de La Vanguardia Lluis Amiguet a Dan Levy, profesor e investigador de Políticas Públicas en la Universidad de Harvard. Habla de la futura desaparición de muchas universidades, dónde solamente quedarán los líderes de cada segmento de conocimiento, los que llamamos de referencia. “Cuando la mejor clase de cualquier asignatura está al alcance de cualquiera en cualquier momento y lugar, los docentes y las universidades tienen que replantearse qué están aportando”. Y yo añado que las universidades… y todo lo demás y todos. Es la dictadura de las redes, las normas que rigen la sociedad digital. Y, por supuesto, habla de algo tan importante como la creación de valor. 

Me gusta especialmente cuando reflexiona sobre este punto que nos concierne tanto a todos: la creciente necesidad de crear valor para sobrevivir. Más allá de las máquinas, que a buen seguro nos van a quitar mucho protagonismo… y trabajo, solamente nos quedará esta capacidad.

Levy asegura que “La pregunta que todos los profesores nos estamos haciendo en Harvard ahora es: ¿qué puedo enseñar yo mejor que nadie?” Y cada maestrillo tiene su librillo, le replica Amiguet. “Pero los maestrillos que no sean los mejores en algo, como las universidades que no sean las primeras en un segmento, desaparecerán. Porque la sociedad digital y su coste cero para la copia y transmisión de contenidos está generando a diario esas dinámicas de “el ganador se lo lleva todo”.

Y pone un ejemplo muy concreto en un mundo que he conocido bien. “Los periodistas que repiten como loros lo que pasa también van a desaparecer. Sólo quedarán los que aporten valor. Dar la noticia y redactarla ya lo pueden hacer los robots. El Pulitzer Thomas Friedman nos lo ha explicado con detalle en Harvard: sólo quedarán los actores de referencia –diarios y periodistas– en cada segmento de la información y la opinión de los contenidos de actualidad”. En esta profesión concreta, siempre lo he pensado. Es cuestión de tiempo.

Y, lo que son las cosas, también recibo –sobre un aspecto tangencial al que toca Levy-  una entrevista que le hacen en la publicación moda.es a Alberto Gimeno, que es profesor de Dirección General y Estrategia en Esade y uno de los mejores expertos que tenemos en empresa familiar. En ella, Gimeno opina que “la venta de una compañía familiar es una buena opción cuando la familia ha perdido la capacidad de asumir riesgos -“sin riesgos, no hay empresa”, asegura-; y que la figura del fundador puede ser un lastre si no aprende a convivir con las nuevas generaciones”. Es decir, si se pierde la capacidad de crear valor, de estar delante, más vale retirarse o vender…

Insiste en ello al afirmar que “lo importante para una familia empresarial es la creación de valor. Hay momentos en que las familias se agotan en términos de su capacidad para emprender, y es un error pensar que esa compañía tiene que seguir en manos de esa misma familia, porque acabará destruyendo valor. Es importante que las familias tengan esa capacidad para continuar siendo emprendedoras, seguir disfrutando asumiendo riesgos y orientándose hacia lo nuevo. Cuando se agota esa capacidad, porque se han acomodado o porque les interesan otras cosas, ceder la propiedad es absolutamente válido y a veces necesario. La venta puede ser una magnífica opción. Cada generación tiene que plantearse conceptualmente la posibilidad de venta, y que si no lo hacen es porque son capaces de crear algo nuevo”.

Quizás me digáis que no son aportaciones extremadamente novedosas. Que ya llevamos muchos años hablando de la creación de valor. Es cierto, llevamos muchos años, pero no se ha avanzado tanto ni ha penetrado en el ADN de empresarios, directivos y profesionales en la medida que debía haberlo hecho. Lo novedoso es que el escenario ha cambiado mientras discutíamos de ello. Hoy es como si el futuro se hubiera presentado de golpe. Y ahora hay prisa en adaptarse, reinvertarse, ser capaz de diferenciarse, ser de los mejores o… hacer las maletas. Es bueno tener presente que sin creación de valor casi nada del entramado económico-social tendrá sentido en muy poco tiempo, si es que lo tiene todavía.