¿Qué quiere estudiar tu hijo? Electrónica industrial: paro, 0%; Historia: paro, 38%

 

Cuántas veces no te habrás planteado o te habrán preguntado, ¿qué hago con mi hijo/a, está acabando el bachillerato y la idea que tiene es dedicarse a las Letras, a las humanidades y tengo miedo de que cuando acabe no tenga ningún futuro laboral? Y quien os pregunta quizás no sepa que entre los jóvenes que tienen trabajo, un 43% está realizando una actividad que requiere una formación inferior a su nivel de estudios, según el Informe sobre el desempleo juvenil presentado por el Instituto Internacional de Estudios sobre la Familia, The Family Watch (TFW).

Tratar de adecuar la vocación del estudiante con las necesidades laborales del país es un trabajo a tres bandas: la familia, la escuela y el Estado. Lo que sucede es que se hace muy poco en cada uno de ellos. Habitualmente se echan la culpa los unos a los otros, como si la cosa no fuera con ellos. Hay algo que me preocupa especialmente. Y es la propensión del estudiante, en general, a dirigirse hacia donde cree que deberá realizar  -según su punto de vista- menos esfuerzo, disfrazándolo de “vocación”.

Un estudio publicado recientemente por los profesores Peter Ubel y David Comerford,  de la Fuqua School of Business de la Universidad de Duke (EEUU),  Aversión al esfuerzo: opciones de trabajo y su compensación, sobrepasadas por el esfuerzo, explora la idea del effort aversion, es decir, el porqué la gente decide esforzarse menos, incluso si esto significa una menor satisfacción personal. Y las conclusiones no son precisamente alentadoras. Fundamentalmente se basa en los trabajadores pero es perfectamente extrapolable a los estudiantes.

Pero volviendo a la pregunta del principio, sabías que  la Ingeniería Electrónica Industrial es la carrera universitaria con mejor salida laboral con una tasa de desempleo del 0 % entre sus profesionales, según un estudio publicado la pasada semana por Randstad Professionals. El estudio señala que otras carreras con altas perspectivas laborales son Medicina con una tasa de paro del 0,6%; Ingeniería Aeronáutica, con un 2,8%; Ingeniería Informática, con un 3,8%, e Ingeniería de Telecomunicaciones, con un 5%.

Por el contrario, la carrera con peor salida laboral es filología francesa, con una tasa de paro del 45,4%; le sigue Bellas Artes, con un 40,3%; Historia, con un 38,1%; Historia del Arte, con un 36,2%, y Geografía, con un 33,6%. Y entre los que tienen trabajo, nadie asegura que sea en lo suyo. Una buena parte de la sobretitulación comentada está en estas carreras.

Volviendo a los datos positivos, las carreras universitarias de ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas son las que ofrecen una mayor posibilidad de empleo e, incluso, existe un déficit de profesionales especializados en estas áreas. Hoy se busca gente más allá de las fronteras…

Por ello, es difícil entender como en los últimos siete años, los estudiantes que han optado por estas carreras en España ha descendido en 65.000 personas, hasta ser el 26% del total de universitarios. ¿Será porque son más difíciles? ¿Por qué en la escuela no les han quitado el miedo a las matemáticas?

El informe asegura que las perspectivas para el futuro próximo estudiantil no son mejores, ya que en los próximos cinco años se prevé que este tipo de matriculados descienda a un ritmo anual del 3,3 %, y pasarán de los 69.000 alumnos en 2016 a 57.600 en 2021. Sigue siendo difícil de entender y más sabiendo que esta cifra resultará absolutamente insuficiente para cubrir la demanda empresarial que está aumentado a un ritmo muy elevado.

Por otro lado, el estudio prevé que el sector de las tecnologías de la información será el más dinámico en 2017, y afirma que la digitalización generará 1.250.000 empleos en España en los próximos cinco años.

Tenemos claro por dónde van los tiros, pero también parece que somos incapaces de dar el giro necesario. Si queremos dejar de ser un país basado en el turismo y en el “low cost”  hay que dar un paso serio al frente y empezar por la base, por los estudios. Y afrontar el problema a tres bandas. Y responsabilizar a cada una de las tres. ¿Quién da en serio el primer paso?

 

El negocio de Airbnb, sin riesgo ni asunción de responsabilidad, ¿es éticamente tolerable?

Nos han contado maravillas de la economía colaborativa. Los pisos alquilados es quizás la más llamativa. Una habitación que no usas y quieras compartir, ganar dinero con una algo propio que no usas al 100% y luego vestirlo con una retahíla de argumentos que siempre van en dos direcciones: la sostenibilidad y el imparable avance de la tecnología; no poner puertas al campo, se dice.

Bajo este paraguas argumental y difícilmente refutable, en la teoría, nacen empresas y subempresas que rompen absolutamente con lo que hasta parecía ser un axioma en la ética del mundo capitalista: el beneficio es justificable solamente si para obtenerlo alguien se juega el capital y lo pone en riesgo. Aquí está la madre del cordero.

Airbnb, como otras empresas “colaborativas” se pueden desarrollar gracias a la tecnología que tenemos hoy. ¿Cuál es su riesgo? ¿qué capital  aportan? Muy sencillo, el mínimo. Simplemente son una plataforma en la que miles y miles de gente que les dice tener piso para alquilar en cientos de ciudades y miles y miles de personas que quieren conocer estas ciudades, a través, claro de una línea aérea low cost. Riesgo cero, simplemente comisión y punto. Responsabilidad cero, ya que no son ellos quienes han de hacer de policías para saber quién alquila el piso. Un tratamiento mediático muy favorable. Invitando a cientos de periodistas de todo el mundo a su sede para que luego expliquen las maravillas de lo que han visto en sus medios… y se va cerrando círculo.

Quien quiere viajar lo hace de una forma más cómoda, el que alquila gana una pasta inimaginable comparada con la de un inquilino normal y ellos a cobrar su comisión. Sin arriesgar dinero ni responsabilidad sobre la posible ilegalidad en que incurren los que alquilan. “No es nuestro problema”.

Al amparo de negocios colaborativos como este surgen subnegocios como el de alquilar pisos como inquilinos normales y luego realquilarlos a través de Airbnb. Grupos organizados que buscan testaferros que pongan su cara y su carnet porque no interesa que aparezcan muchos pisos bajo un mismo nombre. Cuatro está bien y es el tope. Y ya está. Alquilo el piso con contrato a 900 euros al mes y le saco unos 3.000 realquilándolo por Airbnb. Aquí ya hacen negocio Airbnb y el grupo de piratas que ha nacido a través de él. Quien no lo hace es el ciudadano que necesita el  piso para vivir y se encuentra con que cada vez hay menos y más caros.

Sí, es el caso de la señora Pérez de Barcelona que ha destapado La Vanguardia, que ha tenido que “ocupar” su piso realquilándolo a través de Airbnb y cambiando el cerrojo. Ahora ha saltado en la prensa y hay muchas llamadas de “a mi también me pasa” que acabarán por convertirse en un escándalo. Todo este desaguisado llega por tres razones. Una, la manga ancha de Airbnb, digan lo que digan ellos, sobre los productos que circulan a través de su plataforma. Dos, la manifiesta incompetencia de los ayuntamientos, en este caso el de Barcelona, que prefiere invertir su tiempo no dejando que proliferen más hoteles –de lujo sobre todo- y ha hacho la vista gorda hasta ahora con estos casos, que todo sea dicho de paso, se conocen desde hace mucho tiempo e incluso se han publicado anteriormente en otros medios. Y, tres, la buena fe de los usuarios, que no son conscientes de ser agentes necesarios para este tipo de negocio y que ayudan a hacer inhabitables las ciudades, en este caso Barcelona.

El caso es gravísimo, por la inercia de las autoridades, porque es un negocio “progre”, -va contra el lujo de los ricos- pero sobre todo, porque se permite ganar dinero sin exponer nada. Y eso ni en la nueva economía ni en la vieja ni en ninguna parte debería tolerarse. En este caso concreto, toda la responsabilidad es de Airbnb, que por lo menos gaste parte del dinero que gana en ver con quien hace negocios y que bien hace a la ciudadanía. Pero claro, aquí se definirá como de la vieja economía. «Yo estoy aquí para hacer negocio, oiga…»