¿Por qué damos credibilidad al EBITDA si cada empresa puede calcularlo a su manera?

Leo en Cinco Días hoy una interesante discusión que ayer se celebró en Madrid en el seno de la  IV Jornada sobre Normalización y Derecho Contable en colaboración con BBVA. El sujeto principal de análisis fue el uso indiscriminado del ebitda (las siglas en inglés de beneficio antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones) o resultado bruto de la explotación, sin que su definición esté normalizada.

José Antonio Gonzalo, de la Comisión de Principios y Normas Contables de AECA, lo explicó muy bien al señalar que el ebitda no debería ser una magnitud especialmente importante y que no está normalizada. Es decir, suele ser una “cifra de diseño”. “Cada cual puede crearse un ebitda a medida”, sentenció. Recordemos que el uso de esta magnitud se puso de moda en los años 90, cuando las empresas vendían los activos sin los pasivos, de forma que se evaluaban los activos con independencia de la financiación. Es obvio que si esta es muy alta, se desvirtúa la realidad de la empresa y se acaba valorando igual a la que se financia con recursos propios que a la que apela a una fuerte financiación exterior. Sí, en cambio, puede ser bueno para medir la capacidad de generar recursos, lo que nos dice, entre otras cosas, si una empresa tiene capacidad para devolver sus deudas… con matices. Por ejemplo,  si un elevado ebitda es consecuencia de un elevado apalancamiento, puede dar la sensación de ser una empresa saneada cuando, en realidad, no es así. Si esto es así, la capacidad de generar beneficios puede reducirse de manera sustancial.

Y, hay que añadir que alcanzó su punto álgido en la etapa de la burbuja puntocom, entre 1997 y 2001, cuando se convirtió en un parámetro ideal y muy utilizado para ocultar las pérdidas de las compañías tecnológicas, que contabilizaban pérdidas multimillonarias. En realidad, “si una empresa registra números rojos, puede subir en la cuenta de resultados hasta donde no haya pérdidas”, sentenció Gonzalo. Y tiene razón.

Por ello, los supervisores de los mercados de valores de todo el planeta avisan que su uso puede ser interesado y poco fiable. Entre ellos, el coordinador de las comisiones europeas (la ESMA), la CNMV y su equivalente en Estados Unidos, la SEC.

Uno de los errores más habituales es considerar el ebitda  como una medida del Cash Flow de una compañía. En Sage Gestión explican porque ello no es así.  “El objetivo del ebitda no es medir la liquidez de la empresa, como sí lo hace el Cash Flow, ya que no tiene en cuenta algunas salidas de efectivo, como el pago de impuestos o el pago de los intereses de la deuda. Tampoco tiene en cuenta las inversiones realizadas (que, según el sector, pueden ser muy relevantes) o las variaciones en el capital, que tienen impacto en el cash flow. No en vano, vincular el ebitda y el cash flow supondría, entre otras cosas, presuponer que todas las ventas acaban cobrándose, todas las deudas se pagan y todo lo que se compra se vende; lo cual, evidentemente, no siempre es así”.

Y pone un ejemplo muy claro, de cómo el uso de uno u otro indicador puede conducir a conclusiones muy diferentes. “Imaginemos una empresa cuyo resultado de explotación es de 300.000 euros, una vez tenidos en cuenta 100.000 euros de depreciaciones y otros 50.000 en amortizaciones. Debido a su elevado apalancamiento, tiene un gasto en intereses de 265.000 euros y, además, tiene que pagar 5.000 euros en concepto de impuesto de sociedades.

En esta sociedad, mientras el ebitda arroja un resultado de 450.000 euros, el cash flow nos ofrece un valor de 160.000 euros. La variación es, por tanto, del 65%. Y si, además, tuviésemos conocimiento de que la empresa ha dejado de cobrar 200.000 euros, la situación sería diametralmente opuesta, ya que el EBITDA nos diría que la sociedad tiene una gran capacidad para generar beneficios, mientras que el cash flow sería negativo, evidenciando una incapacidad de generación de tesorería”.

Y concluyen que, en estas circunstancias, es peligroso confundir un indicador con otro, ya que la información que proporciona cada uno de ellos es bastante diferente, a pesar de que muchas veces se haga.

¡Ojo! La publicidad engañosa de la banca se duplicó en 2016

La banca no está pasando por su mejor momento. Con los tipos oficiales al 0%, el corsé de las obligaciones de capital y el legado de la piedra, se las ve y se las desea para conseguir operaciones con márgenes sustanciosos para pagar los costes de “fabricación”, que, por su parte, se ven obligados a seguir recortando. Debe ganar más dinero a toda costa… siempre que proceda correctamente. Lamentablemente parece que no siempre es así. Por ello es necesario sacar la lupa en cuestiones como la presentación de los productos a través de la publicidad.

De aquí que pueda sorprender –aunque quizás no tanto- la constatación de que la ‘letra pequeña’ sigue importando, y mucho, en los bancos españoles. Al menos, esa es la sensación que queda al ver las advertencias que hace la Memoria de Supervisión Bancaria de 2016 presentada por el Banco de España (BdE) ayer, al poner de relieve que la ‘letra grande’, la recogida en los anuncios y las promociones, no siempre refleja toda la realidad.

Durante el pasado ejercicio, y dentro del ámbito de la Supervisión de Conducta de la entidades que también corresponde al BdE, reforzó su vigilancia de las prácticas comerciales. «Durante 2016 se ha iniciado una actuación supervisora de gran alcance encaminada a conocer con el mayor detalle posible y a valorar adecuadamente las prácticas habituales, procedimientos y controles internos de las entidades en relación con su actividad publicitaria», refleja la Memoria. Y añade: «Todo ello con el fin de comprobar que dichas prácticas, procedimientos y controles internos son acordes con la normativa vigente y, por tanto, adecuados para proteger los legítimos intereses de la clientela y gestionar los riesgos derivados de su actividad publicitaria».

 Pues bien, este trabajo del BdE, que analiza las campañas publicitarias cuando ya se han difundido, «ha dado lugar en 2016 a 485 requerimientos de cese o rectificación de anuncios en distintos medios (prensa, Internet, etc.)». O lo que es lo mismo, una cifra que no tiene precedentes, ya que más que duplica las 197 rectificaciones realizadas en 2015 y que casi cuadruplica las 132 actuaciones de 2014. El crecimiento me parece sencillamente espectacular y no va precisamente en la línea que debería ser la correcta en estos momentos en la banca, con el objetivo prioritario de recuperar la reputación perdida en los años de la crisis. Entiendo que los accionistas aprieten, pero también entiendo que los primero es lo primero, y, que hoy por hoy, eso es la confianza del cliente, que, con cifras como estas, no parece vaya a recuperarse.

Por otro lado, el BdE deja claro que hay otro segmento que ahora le inquieta especialmente: el de los créditos al consumo, al que las entidades están recurriendo porque dejan unos márgenes más apetitosos que otros productos, como los hipotecarios. Evidentemente, la banca trata de aprovechar la mejora en la actividad económica para ofertar créditos y préstamos como verdaderas gangas para satisfacer las necesidades que nacen en los clientes en momentos como este, tras años de freno al consumo personal.

 

«El Banco de España mantiene su foco de actuación y preocupación en relación con la claridad, oportunidad y suficiencia de la información proporcionada a los clientes en la comercialización de préstamos personales y tarjetas de crédito», reconoce la Memoria. La inquietud del supervisor responde al peligro de que los clientes no tengan siempre claro los riesgos a los que se enfrentan con este tipo de créditos. «En este ámbito, es especialmente relevante, como reiteradamente indica la normativa reguladora, que los clientes conozcan las consecuencias del eventual incumplimiento del pago de las cuotas, ya que este puede generar una espiral de gastos e intereses de demora que acabe sumiendo a determinados clientes en la exclusión económica y social», advierte. Dicho en otras palabras, caer de nuevo en la trampa, sería llover sobre mojado y con una pérdida de memoria absolutamente imperdonable.

Pues ya sabéis, más allá del mensaje publicitario –que seguro es muy atractivo-, a leer la letra pequeña antes de firmar ningún documento y ante la menor duda, a pedir todas las explicaciones que haga falta hasta que quede muy claro lo que vais a firmar.