La becaria viajera y los mayores de 45 años. ¿Qué pasa con la edad?

 

A raíz del post de ayer sobre la becaria que se quedó sin trabajo he recibido algunos comentarios críticos con mi forma de ver el asunto. Normal. Pero hay uno que me ha hecho pensar que a veces le damos la vuelta a la tortilla al referente con demasiada facilidad. Concretamente criticaba el post con las –entre otras- siguientes palabras: “El artículo solo refleja adultismo, es decir, la pretendida y prepotente superioridad de los adultos hacia generaciones posteriores… algo que se repite desde siempre, y que hasta podemos rastrear en frases de pensadores griegos y romanos”.

Obviamente no era esa mi intención,  pero me preocupa que un joven muy preparado, lo entienda de esta manera. Algo pasa… y no me gusta. Todos vamos en la misma nave y a todos nos va peor de lo que nos gustaría (con excepciones notables, que nada tienen que ver con la edad) desde hace ya unos cuantos años. De todos modos, esta reacción me ha recordado algo que escribí hace tres años a raíz de un estudio que realizó Aedipe Catalunya (Asociación que agrupa a directores de recursos humanos) y que me impactó por la crudeza de sus conclusiones, reales como la vida misma. Y, que por cierto, no iban en la línea que sigue mi interlocutor.

Escribía entonces que, para los responsables de Aedipe Catalunya, las conclusiones del informe Juventud frente a ‘seniority’: situación actual en las organizaciones (realizado entre un universo de 2.000 empresas de diferentes ciudades españolas mediante encuesta anónima a personas de perfil directivo y técnico) ponían de relieve “la necesidad de reflexionar sobre las políticas de recursos humanos actuales en una gran parte de las organizaciones donde la edad es un factor que condiciona claramente a la hora de decidir la desvinculación de las organizaciones, que no valoran suficientemente las capacidades que ofrece la generación de personas mayores de 45 años –con unos valores reconocidos por las personas encuestadas– entre los que destacan una alta tolerancia a los cambios (74%) y compromiso con la organización (76%)”.

Me sorprendió y me dolió que un 74% de las respuestas obtenidas afirmara que “las empresas carecen de preocupación alguna acerca de la tasa de paro de larga duración entre personas desempleadas mayores de 45 años”. Me pareció tremendo. En referencia a las personas jóvenes, en cambio, un 57% afirma que son más innovadoras pero también menos resistentes al cambio (50%) y se sienten menos comprometidas con la empresa (49%) respecto a las que superan los 45 años.

Otro de los aspectos que me impactó era la solución que se planteaba. El estudio reflejaba una opinión extendida por las empresas (más del 60%) –es una de las preguntas de choque– en la que se afirmaba un alto grado de acuerdo en que “las personas séniors deberían trabajar como autónomas para las empresas, pues difícilmente volverán a ser contratadas por ellas”. Ello, como consecuencia de que un 74% afirmaban que las “empresas no aprecian suficientemente el valor de las personas que superan los 45 años”. Es decir, a partir de los 45, poco parece que hay que aportar. Es un punto de vista, claro, pero aunque sea falso es el de quien tiene la sartén cogida por el mango. Preocupante.

Me acuerdo que los primeros sorprendidos de las conclusiones fueron los propios miembros de la junta, concretamente, los miembros de la comisión de RSE que habían promovido la encuesta. Eran conscientes de que con estas conclusiones se planteaban dos problemas muy serios.  Por un lado, la empresa pierde oficio y, por otro, a las personas de este tramo de edad se les pone en el disparadero, porque tienen dificultad en recolocarse.

Hicieron una serie de reflexiones interesantes – y críticas- sobre lo que reflejaba la encuesta. Uno de ellos aseguraba que “es absurdo querer enfrentar el talento sénior con el júnior. Cada uno aporta sus cosas. Lo que se necesita es equilibrar la plantilla. Lamentablemente la ley de Igualdad da respuesta a los géneros, pero no reza para los segmentos de edad”. Otro bromeaba, pero muy en serio  al asegurar que “al final, tanto hablar de la generación perdida y quizás sean los que están entre los 40 y los 50 años”.  Y ponían el dedo en la llaga. “En la encuesta sale lo que se piensa de verdad, al ser anónima, no lo que dice la empresa para consumo interior y exterior”. Y, ¿qué era? Pues que “estamos sustituyendo gente con bases de cotización altas por jóvenes con bases muy bajas, ya que manda el abaratamiento de los costes”.

A la vista de todo ello, los responsables de la encuesta creían que “es necesario adaptar las políticas al talento de los equipos y promover un cambio cultural más integrador que tenga en cuenta todos los grupos de edad”. Desconozco si en tres años este planteamiento habrá cambiado mucho o no. Pero, me temo que sigue vigente.

Por ello le diría a mi amable interlocutor, que de prepotencia generacional, nada de nada, y menos todavía al ver lo que piensa –para ser exactos, pensaba hace tres años- la empresa de los presuntos prepotentes. El problema está en otra parte…

El caso de la chica que quiso hacer un viaje y no le dieron el trabajo. ¿Debió ceder?

Ayer hubo un gran revuelo en Linkedin a raíz de una nota que escribió una recién titulada periodista que vio como no le dejaban trabajar como becaria en agosto porque quería irse de vacaciones 5 días que ya tenía contratados previamente. La agencia de comunicación simplemente dijo que no interesaba. La chica, publicó una nota protestando airadamente ante la injusticia que se le había hecho, con pelos y señales. Le contesté que no lo veía así, que un trabajo es cosa seria y que un becario, aunque no cobre, aprende y empieza a abrirse paso en la selva de la profesión. Y que, en definitiva, una empresa es algo serio y no puede estar al albur de una serie de pretensiones de la gente que quiere entrar.

Me sorprendió hasta cierto punto, porque en mi vida profesional he tenido ocasión de conocer a muchísimos becarios, una parte de los cuales, hacían planteamientos parecidos al de esta chica. Recuerdo el colmo de un muchacho que vino diciendo que trabajaría de 4 a 6 de la tarde porque después tenía entreno de fútbol, en un equipo semiprofesional. Lo grave es que lo decía convencido de que la razón estaba con el. Obviamente, se le dijo que no interesaba. No se si lo entendió. Pero lo que más me ha sorprendido de lo de ayer, es que muchas notas de respuesta a la de esta chica, le dan la razón con argumentos que no me parecen de recibo.

Lo mejor que le ha pasado a esta muchacha es que podrá reflexionar en sus cinco días de viaje si le valía la pena hacerlo o haber hecho marcha atrás y apostar por empezar a trabajar. Si le sirve solo para plantearse este dilema –sea cual sea su conclusión- habrá sido positivo. Si no le sirve ni para eso, habrá que esperar más adelante.

Hace un tiempo tuve una interesante reunión con especialistas –de primera- en recursos humanos sobre porque la actitud de muchos jóvenes ante el trabajo no contribuye a bajar la excesiva precariedad que tenemos y lamentamos en nuestro mercado. Se dijeron cosas muy interesantes que vienen bastante al caso del hecho que comento. Por supuesto, hubo acuerdo en que la temporalidad solo es aceptable cuando es necesaria para la actividad, nunca como sustitutiva de un trabajo que pueda ser fijo. Aceptada esta premisa, venían reflexiones, que quizás puedan incomodar a muchos de los que han dado la razón  al comportamiento de esta chica o que piensan como ellos.

Uno de los asistentes se preguntaba hasta qué punto interviene en esta temporalidad excesiva la actitud y la implicación de los jóvenes al dar el salto de la escuela a la empresa, sus valores y la importancia que dan al dinero. Opinaba que en el primer ciclo vital -cuando el joven depende aún de sus padres- entran en liza dos elementos clave. “El primero es generacional, con un rechazo a valores como la seguridad, el esfuerzo, el compromiso… y el segundo, lo que representa el dinero para ellos. De entrada, no se toma un compromiso laboral hasta no verlo muy claro. En los años 90 esto no se podía hacer. Ahora, sí. En los 90 el valor de la seguridad económica era importante y ahora ha desaparecido. No tienen miedo, no saben lo que es, porque han vivido siempre con la red de los padres. El cambio se produce cuando construyen un proyecto de vida. Pareja y piso de propiedad, hipoteca… ayudan a descubrir la importancia de la estabilidad, la seguridad y se empiezan a adoptar compromisos. La rotación laboral disminuye entonces drásticamente”. Es cuestión de ver números…

Otro de los asistentes aseguraba que “priorizan la calidad de vida, quieren tiempo porque para ellos el ocio es clave. El ejemplo de las muchas horas que trabajan los padres lo ven como algo negativo. Por ello buscan la mejor relación salario/horario, lo que es un acicate constante a cambiar de empleo. Probablemente esta actitud sea fruto de una educación sobreprotectora en la que los padres han hecho un gran esfuerzo para darles lo que no hemos tenido nosotros”. También se planteó como, en cierto sentido, creen que todo es fácil porque “desde pequeños han tenido lo que han deseado. La frustración les llega con el sueldo de entrada que no les da para lo que habían imaginado. Por ello están dispuestos a cambiar de trabajo tantas veces como sea necesario, porque les mueve exclusivamente la cifra del salario…”

Se destacó un aspecto importante. La percepción del tiempo. El tiempo -su percepción por parte del joven- se alza como otro factor clave de la inestabilidad laboral, porque “el concepto de tiempo es hoy completamente distinto para los jóvenes”. A raíz de esto, se planteaba la pregunta del millón. “Estamos ante una generación que vive online y que no admite la espera en ningún ámbito de su vida. En el trabajo es lo mismo. Piensa y actúa en función de la inmediatez. Entonces, ¿cómo le explicas a un joven el sentido que tiene una carrera profesional a 10 años? Sencillamente, no la entiende. El plazo es excesivo para él”.

Y  es evidente que sin tiempo no hay aprendizaje y sin aprendizaje no hay experiencia. Es obvio que en la vida han de pasar cosas, digerirlas y aprender de ellas. Son los pasos previos a la madurez. Aprender a digerir un no, por ejemplo, algo que hoy también resulta muy difícil a un joven. Se recordaba finalmente que hay quien trata de suplir esta incapacidad de soportar la espera haciendo másters y más másters. “Y no es el camino”, concluían.