¿Qué decir a los jóvenes que preguntan: vale la pena estudiar si pronto todo lo van a hacer los robots?

 

Anoche me comentaba un amigo con un cargo importante en una universidad catalana que cada vez es más normal que se le acerquen estudiantes con una pregunta que les bulle en la cabeza. Con más o menos variantes, el núcleo de la misma es siempre el mismo: “¿De veras vale la pena que estudie si en unos pocos años el trabajo va a quedar mayoritariamente en manos de los robots y las máquinas?” Y, “si estudio, ¿a qué dedico los esfuerzos si todo cambia tanto y no sabemos cuáles van a ser las necesidades que van a regir en el mercado laboral?”. Los jóvenes andan preocupados porque ven que los medios de comunicación van llenos de este tema y los informes sobre la robotización y el futuro del trabajo humano se han puesto de moda y, la verdad, no siempre con el nivel de rigor que sería necesario.

Lo último que podemos permitirnos ahora es que los jóvenes se desanimen. Es cierto que el cambio ya ha empezado y que la robotización, las impresoras 3D, los coches sin chófer… van a suponer grandes cambios en la sociedad, tal y como hoy la entendemos. También es cierto que de la nueva estructuración en que se configurará sabemos muy poco, más allá de los escenarios que algunos gurús aventuran. Pero hay algo importante, y es preguntarnos qué haremos mientras llega esta nueva meta. El cambio no será de la noche a la mañana. Habrá un proceso, una trayectoria en la que nos iremos adecuando y cabe esperar que surjan nuevos empleos –no sabemos en qué, cómo no sabíamos hace 30 años los de hoy- que puedan cubrir en parte a los que se pierdan. Pero, y mientras dura el proceso, ¿qué se debe hacer?

Ahí es donde aparecen los jóvenes preguntones de hoy. Hay que prepararse y no perder de vista que las estadísticas de empleo actuales ya empiezan a marcar una tendencia bastante clara. Hay que ver cuál esta tendencia y tratar de aproximarla al máximo a nuestra vocación, para aumentas las probabilidades de no quedar fuera de juego en un futuro. ¿Y cuáles son estas tendencias?

Podemos repasar las Variables de submuestra de la EPA cuyos resultados para el año 2016 presentó hace un par de meses el INE, y en uno de cuyos apartados se cruzaban precisamente el nivel y tipo de estudios con las tasas de empleo correspondientes.

Empezaba considerando la población española de 16 y más años y concluía que el 61,06% tenía Formación general y habilidades personales, que se corresponden con las personas que a lo sumo han alcanzado la enseñanza secundaria obligatoria o el bachillerato. El resto de la población tenía alguna especialidad, destacando el sector de estudios de Negocios, administración y derecho (9,25%); Mecánica, electrónica, otra formación técnica, industria y construcción (7,56%), y Salud y servicios sociales (4,98%)… El nivel formativo del país, pues, no es para tirar cohetes ni para pretender que mañana tengamos una sociedad tecnificada y llena de ingenieros, como en alguna ocasión se ha escrito. Sencillamente, no podemos. ¿Hay que cambiar el modelo? Sin duda alguna. Pero paso a paso. Hay una transición por medio y no será fácil ni corta, pero no se puede dejar pasar más tiempo.

Hoy por hoy –y en el futuro inmediato- , el nivel de formación alcanzado y el sector de estudios de esta formación son factores determinantes de la tasa de actividad y de empleo de la población, tanto de su cuantía, como de la distancia entre la tasa masculina y la femenina. En 2016 la tasa de empleo mayor fue de un 76,69% en aquellas personas formadas en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC). Las que habían estudiado Ciencias naturales, químicas, físicas y matemáticas tuvieron una tasa de empleo del 73,39% y las formadas en Salud y servicios sociales, del 73,24%. Por el contrario, las personas con Formación general y habilidades personales tuvieron la menor tasa de empleo, del 36,04%.

Y, más de lo mismo, en cuanto al desempleo, las tasas de paro más elevadas también se registraron en 2016 entre las personas que habían seguido Formación general y habilidades personales (25,26%). Por el contrario, las tasas de paro más bajas se dieron entre las personas formadas en Ciencias naturales, químicas, físicas y matemáticas (9,68%) y en Salud y servicios sociales (10,93%).

Los datos son diáfanos y son los que hoy cuentan, más allá de especulaciones. He aquí una razón para decirles a los jóvenes hacia donde deben encaminarse y que SI, que los estudios son absolutamente necesarios… aunque quizás no suficientes, pero eso ya es otra historia. Jóvenes preguntones, hacéis bien en preguntaros, pero mentalizaros que vais a precisar mucho esfuerzo. Más que en generaciones pasadas. También estáis mejor preparados. Buscad con preferencia estudios que se acerquen a lo que está demandando la sociedad, pero además, que tengan un efecto esponja sobre vuestras mentes. Vuestro cerebro deberá a acostumbrarse SOBRE TODO a no desanimarse, si hay que desaprender parte de lo aprendido y si se le exige un giro de muchos grados en un momento dado. Pero para ello hay que estudiar y prepararse.  Con formación, con un blindaje al desánimo por si hay que cambiar y con ilusión se puede afrontar el futuro, aunque las máquinas nos agobien. Entre otras cosas, porque no hay más remedio. ¿Por qué? Pues porque quien no lo haga, lo más probable es que quede excluido de la rueda y entre en la marginalidad.

 

La lluvia de millones pasó de largo. Entre 2015 y 2016 Catalunya recibió 1.000 millones menos de inversiones presupuestadas en infraestructuras

 

El año 2015 registró el peor balance de la historia en cuanto a inversión del Estado en infraestructuras en Catalunya, ya que sólo ejecutó el 59% de lo presupuestado y el porcentaje de inversión que recibió la comunidad se alejó de su peso económico, según la Cambra de Comerç de Barcelona. Además, el peso que representa Catalunya en el conjunto de la inversión regionalizada del Estado en infraestructuras sólo fue el 9,9%, casi la mitad de su peso económico (18,9%). Así, el presupuesto del Estado para 2015 concretó 1.040,5 millones de inversión en Catalunya, pero, finalmente, sólo se gastaron 736,3 millones, el 71%, porcentaje de ejecución inferior al del conjunto de comunidades autónomas, que fue del 89 % en el mismo año…

Este texto tan actual en su contenido pertenece a la Vanguardia del pasado 3 de noviembre de 2016 y hoy debería ser corregido y aumentado, ya que lo acaecido en 2016 le supera con creces. Ayer supimos que el porcentaje de ejecución de los 993 millones previstos en Catalunya fue del 35,6%, equivalente a 353 millones de euros, una cifra que es menos de la mitad de la correspondiente al 2015. Por su parte, el peso que representa sobre la total realizada en España es del 11,3%, muy lejos del 20% que supone el PIB, casi la mitad. Otro año, pues, que pasa con más pena que gloria, ya que es el peor desde que se realiza la serie en 1997. Este año podría servir la excusa de que la diferencia de ejecución en Catalunya con respecto al Estado es inferior a otros ejercicios. Por ejemplo, en 2015 en Catalunya fue del 59% y en España del 72%, mientras este año son un 35,6% y un 37,5%, respectivamente.

Sin embargo no hay excusas posibles. Valgan solo dos ejemplos. En Cataluña, la inversión ejecutada lleva reduciéndose de forma continua desde el 2009, año en que supuso el 18,4% de la española, hasta los mínimos del 9,9% del 2015 y el 11,3% del 2016. El segundo es la baja inversión de Renfe, que tiene en Rodalies  uno de los puntos más castigados de las infraestructuras catalanas, Pues bien, de un presupuesto de  143 millones –nada del otro jueves, por otra parte- se han ejecutado 12 millones, es decir, un 8,5%.

El problema más grave es que se llevan muchos años de déficit –demasiados- y la acumulación repercute en una situación de enorme riesgo para el crecimiento necesario de la economía. En los dos últimos años, Catalunya ha recibido unas inversiones equivalentes al 10% del total nacional cuando su aportación al PIB español es el doble. La desviación con lo presupuestado, solo en este bienio, es de casi 1.000 millones de euros.

Y el 2017 no pinta nada bien, porque lo presupuestado para España en infraestructuras cae un 20% respecto a 2016. La prometida lluvia de millones se ha evaporado… antes de caer.