Portugal decide limitar pagos en efectivo. Se reabre el debate: ¿todos en manos de la banca?

 

El presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, promulgó hace tres días una norma que limita los pagos en efectivo a 3.000 euros en cualquier tipo de transacción. Según un comunicado, una vez que se supere esa cantidad, o su equivalente en otra divisa, será obligatorio utilizar un «medio de pago específico».

Así, el límite a las compras en efectivo gana un país más en el sur de Europa, donde la economía sumergida es más importante. En Bélgica e Italia el límite está en los 3.000 euros (en Italia lo subieron de 1.000 a 3.000), mientras que Francia aprobó en 2016 una reducción de 3.000 a 1000 euros, similar a la que planea el Gobierno español, aunque aquí, de momento, está en los 2.500 (¿cambiará a 1.000 este año?). El objetivo, según el ejecutivo, es acabar con la economía sumergida y la circulación de dinero negro y recaudar, además, 2.000 millones de euros adicionales.

En otros países, como Alemania, no hay límites. Precisamente el Gobierno de Angela Merkel ha anunciado su intención de marcar también un tope, de 5.000 euros, para las transacciones en efectivo, pero el proyecto ha sido muy mal recibido por la opinión pública y aún no se ha desarrollado. Los alemanes valoran la libertad que supone el dinero en efectivo.

En otros, es al contrario y van al límite. Es el caso de Dinamarca, donde desde el 1 de enero del pasado año, comercios y negocios pueden negarse a aceptar pagos en efectivo, según aprobó el Parlamento danés, que además marcó el año 2030 como fecha límite para “erradicar el dinero en efectivo”.

En Singapur ya se aplicó esa experiencia y el gobierno tuvo que dar marcha atrás rápidamente. De hecho, de un día para otro, la gente se puso a utilizar otras divisas para determinadas transacciones. Da que pensar, simplemente la gente no estaba preparada para ello.

 

En realidad, la cultura de cada país juega un papel muy importante. Veamos unos casos. En Suecia, por ejemplo, el 80% de las transacciones se realizan por vía electrónica, mientras que en Suiza el efectivo sigue siendo un medio de pago muy habitual.  En Japón, por su parte, la cantidad de billetes en circulación respecto al producto interior bruto alcanza el 30%, mientras que en Suecia solo llega al 2%. Por lo que respecta a Suiza se sitúa entre ambos países.

En España no gustó a todos la decisión del Gobierno –Ley 7/2012, de 29 de octubre que introdujo los cambios en la regulación de los pagos en efectivo- en diversos sectores. Uno de ellos fue el empresarial. La Asociación Nacional de Grandes Empresas de Distribución (Anged) y la Confederación Española de Comercio (CEC) lamentaron que esta medida supondría una barrera al consumo, uno de los pilares de crecimiento de la economía española. Según la Anged, esta medida obliga prácticamente a todos los ciudadanos a tener una tarjeta de crédito.

El diario británico The Guardian ponía el dedo en la llaga el año pasado sobre la guerra desatada contra el dinero en efectivo. Decía que está muy bien, siempre y cuando las personas puedan elegir con libertad. En un mundo sin efectivo, cada pago que se realice será fácil de rastrear. ¿Quiere usted que gobiernos (no siempre benévolos), bancos y procesadores de transacciones tengan la posibilidad de acceder a esa información?

Y para mi, la clave viene en lo siguiente: dar el poder total a la banca, con lo que ello supone. Los sistemas de pago sin contacto le darán aún más poder al sector financiero: los bancos y las empresas de tecnología financiera supervisarán todas las transacciones. ¿Estamos seguros de que es bueno darle aún más poder e influencia a este sector?

En un mundo sin efectivo, cada pago que se realice será fácil de rastrear. ¿Quiere usted que gobiernos (no siempre benévolos), bancos y procesadores de transacciones tengan la posibilidad de acceder a esa información? Eso daría a estas entidades un poder enorme: la vigilancia podría llegar a un nivel orwelliano aterrador. Por el contrario, el dinero en metálico confiere el poder al que lo usa. Le permite comprar, vender…

Lo cierto es que ahora hacía tiempo que no se hablaba de ello. Ha sido Portugal quien ha vuelto a abrir la caja de los truenos. Recordemos que en mayo del año pasado, el Banco Central Europeo (BCE) informó de que el billete de 500 euros se dejará de producir a finales de 2018, pero seguirá siendo una forma de pago legal, mantendrá siempre su valor y se podrá seguir usando para guardar efectivo. Era la guerra contra el billete símbolo de la economía sumergida, que marcó sus máximos en los meses anteriores a la Gran Crisis. Desde entonces el atesoramiento de este billete en España –país que había desatado todas las alarmas en 2007. Ha ido bajando y hoy, según el Banco de España está al nivel del año 2004. Recordemos que en julio de 2007 circulaban en España 114 millones de billetes de 500 euros (unidades) y ahora son solo algo más de 45 millones. La diferencia es brutal. La crisis tampoco los ha perdonado.

A mi, la verdad es que me da miedo la idea de ponerme absolutamente en manos de los bancos. La experiencia me dice que las cosas sabemos cómo empiezan, pero luego se descontrolan y no sabemos dónde acaban. Es cierto que cada vez más prescindimos del dinero efectivo.

Hoy se plantea si el gran enemigo del dinero físico –quizás el definitivo- será el teléfono móvil. Un dispositivo capaz de manejar vía Internet una tarjeta de crédito y/o una cuenta corriente para hacer compras on line y en el que se pueden instalar aplicaciones que utilicen saldos prepagados para pagar desde una consumición de un bar hasta un billete de avión… es algo muy atractivo y cómodo para el consumidor. Pero estamos en lo mismo, estaremos más controlados que nunca, por los mismos. Porque en el fondo no es sino un apéndice más.

Aunque eso a algunos no les importa. Según los defensores de la desaparición del efectivo la pérdida de libertad, que implica dejar a un lado el efectivo, queda compensada por los beneficios de la desaparición de la economía sumergida. En eso estoy absolutamente en desacuerdo, desde el momento en que han empezado a funcionar las criptomonedas. Pagar en bitcoins no deja rastro alguno. Y eso va a ir a más. No va a desaparecer este tipo de economía con la desaparición de los billetes y sí habrá un mayor control de cada paso (económico) que hagamos. No me gusta.

Los jóvenes cobran un salario real que es un 24% más bajo que antes de la crisis y el 27% quiere cambiar de trabajo

 

El 27% de los ocupados menores de 25 años está buscando activamente otro puesto de empleo diferente al actual. En concreto, uno de cada cuatro profesionales jóvenes se encuentran en esta situación. Una cifra que crece 14 puntos porcentuales en el último trimestre y 5 respecto al mismo periodo de 2016. Es una de las conclusiones del informe que hoy ha presentado Randstad sobre la intención de cambio laboral de los trabajadores españoles.

Además, a medida que aumenta la edad del empleado, desciende la búsqueda de otro trabajo, algo que, por otro lado es lógico. Así, el segundo grupo de edad que más busca otro puesto es el formado por empleados con edades comprendidas entre 25 y 45 años. El 19% de estos profesionales están buscando activamente otro empleo, un dato que se mantiene estable con respecto al primer trimestre del año, pero que crece dos puntos porcentuales con respecto al mismo periodo de 2016.

Sobre el total de ocupados, Randstad detecta que el 14% de los empleados españoles se encuentra buscando otro puesto de trabajo diferente al actual. Este dato supone un descenso de un punto porcentual con respecto al primer trimestre del año y también respecto al mismo periodo de tiempo de 2016. Si se analiza la serie histórica, se observa que hace tres años, el porcentaje de trabajadores que buscaban de forma activa otro empleo era del 12%.

El informe también analiza este aspecto dependiendo del país de residencia del profesional. Los trabajadores españoles son los europeos que más buscan de manera activa otro empleo. En concreto esta tasa en España se sitúa cinco puntos porcentuales por encima de la media europea (9%). Italia, Grecia (10%), Reino Unido (12%) y Noruega (13%) son los otros países europeos que superan esta media.

En síntesis, el informe nos dice que mientras en el último año se “normaliza” el mercado laboral, al mantenerse la cifra de los empleados que quieren cambiar de empleo, en los  jóvenes no solamente se produce este efecto, sino que se da el contrario, con cierta fuerza ya que sube 5 puntos porcentuales el número de los que quieren cambiar.

Viendo la evolución de la economía y el crecimiento cuantitativo del empleo, la evolución de la cifra global de quienes quieren cambiar parece lógica. Con todo, la anomalía –por lo menos aparente- se produce en los jóvenes que a mayor actividad, tienen mayores deseos tienen de cambiar.

En esta anomalía pueden jugar dos factores. Por un lado, el ver como la remuneración que reciben es muy baja y quieren mejorar –dato extensible al resto de condiciones laborales- y, por otro, sentirse empujados por la mayor probabilidad de mejora al ver que el entorno se mueve positivamente. Estas mejores expectativas explicarían que hace unos años, en plena crisis, el deseo fuera de mantener a toda costa lo que se tenía y ahora sea de mejorar. En un año cinco puntos porcentuales es mucha diferencia.

De todos modos, más allá de este informe –pero muy ligado a las causas que se tratan en el mismo-  hay un hecho difícil de explicar. Si examinamos la estructura salarial de salarios que publica anualmente el INE, se puede observar como en 2015 (último año conocido, publicado en 28/6/2017) los salarios medios subieron en términos corrientes un 1%, mientras los de los jóvenes de 20-24 años cayeron un 4,8%. ¿Por qué? Probablemente las condiciones globales de  contratación (tiempo del contrato, horario…), también empeoraron en este segmento de edad. Pero la situación se hace todavía más difícil de entender si vemos lo ocurrido con los salarios de este segmento de edad durante la crisis. Fijaos. El salario medio total, desde 2008 a 2015 aumentó, en términos corrientes, un 5,5%, según la fuente citada del INE. Ahora bien, el de los jóvenes, bajó en este periodo ¡un 15%!!! Si aplicamos la correspondiente devaluación por inflación, nos daría una pérdida de poder adquisitivo del salario medio total del 3% y en los jóvenes de 20-24 años, del ¡¡24%!!!

Visto de otro modo, el salario medio de los jóvenes en 2008 suponía el 61% del medio global y en 2015, era del ¡¡¡48%!!!

Si los bajos salarios suponen ya un problema que empieza a preocupar a nivel empresarial –porque puede dar al traste con la recuperación de la demanda interna-  los que reciben los jóvenes son de juzgado de guardia y, más todavía, la evolución que siguen. Visto lo visto en la marcha de los salarios (no se qué habrá pasado en 2016) incluso me extraña que la cifra de los que quieran cambiar sea la que es y no mayor… Lo único cierto de todo ello, es que eso no puede seguir así.